Hace 1 hora
Llevaba meses fijándome en ella sin atreverme a decir nada. Sara vivía en el quinto y coincidíamos casi cada mañana en el ascensor. Morena, ojos verdes, siempre con esa sonrisa que te desarmaba sin esfuerzo.
Un jueves por la noche llamó a mi puerta. Se le había ido la luz y necesitaba un fusible. Entró en casa con un vestido negro que no dejaba mucho a la imaginación y yo intenté mantener la compostura mientras rebuscaba en el cajón de las herramientas.
Cuando me giré ella estaba apoyada en la encimera, mirándome fijamente.
— ¿Solo tienes el fusible? — preguntó con una sonrisa que no era inocente en absoluto.
Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos, pero tampoco ninguno hizo nada por evitarlo.
Un jueves por la noche llamó a mi puerta. Se le había ido la luz y necesitaba un fusible. Entró en casa con un vestido negro que no dejaba mucho a la imaginación y yo intenté mantener la compostura mientras rebuscaba en el cajón de las herramientas.
Cuando me giré ella estaba apoyada en la encimera, mirándome fijamente.
— ¿Solo tienes el fusible? — preguntó con una sonrisa que no era inocente en absoluto.
Lo que pasó después no lo había planeado ninguno de los dos, pero tampoco ninguno hizo nada por evitarlo.
